RUTINAS
Quizá podamos ver lógico que el trabajo, la pareja, los amigos o las pequeñas manías de cada uno nos lleven a una serie de rutinas incorruptibles que, a menudo, no són más que un bache para nuestro largo camino hacia lo que entendemos como felicidad. Pero cuán arraigadas están esas rutinas en nuestras vidas que provocan cambios miméticos en todo ser que nos rodea? Y qué consecuencias tiene en ellas en su búsqueda del ya citado camino? Es como si se tratara de pedazos de universo atraídos por la fuerza de los planetas, condenándolos así a girar y girar sin más.
Posiblemente nunca sabré cómo entiende él la felicidad o el sentido de la vida; ni qué objetivos se ha marcado, aunque sólo sea a corto plazo. Pero hoy, de nuevo, lo ha vuelto a hacer.
Sin motivo aparente (sólo rutina) pero siempre puntual, se ha levantado conmigo. Abro la ventana y, como siempre, me saluda con esa especie de gemido-bostezo al tiempo que entra en mi habitación. Lo primero: visita al baño. Sobretodo no debe dejar un sólo rincón sin inspeccionar, cerciorándose de que nada ha cambiado desde el día anterior; al acecho de cualquier novedad que quizá lo libere de mi efecto distorsionador. Nada. Ni siquiera en la cada vez menos accesible cestita de las gomas de pelo. Tampoco hoy hemos dejado que el cable del secador quede colgando hasta el suelo. Habrá que buscar otro juego.
De momento, y aunque la escena se repite día tras día, parece distraerle las escenas que se suceden en el baño. Ese tipo de la cola parece hacer cosas interesantes detrás de la cortina. Vendrá a ver, y sin ni tansolo mirarlo, le volveré a decir que baje de la bañera. Él obecede, pero debe intentarlo de nuevo mañana. Esperará a que acabe de ducharme para intentar cazar las gotas que aún me caen del pelo, para más tarde, seguir con las que broten de los grifos. Eso sí, como sepa que lo localizo dentro de la bañera, la liamos; así que un ojo en la gota y otro en el de la toalla, que a veces grita.
Para luego, sólo le espera un día entero en el comedor. Él lo sabe y no discute. Será hasta la tarde.
No puede evitar mirarme receloso cuando vuelvo a abrir el comedor. Me lo has vuelto a hacer: 8 horas! Pero parece olvidarse pronto. Es como si agradeciera no tener que pensar en qué hacer. Simplemente irá donde estemos para contemplar y adaptarse.
La tarde no es más que un intento tras otro por sobrevivir a mi casa hasta que llegue el momento de la cena. Sólo lo intenta una vez. Me acaricia (sólo a mí, como factor distorisonador de su voluntad y libertad), le doy a provar y no vuelve a insistir. (Quizá sea consciente de su problema de piedra y de los consejos del médico a cerca de los abusos.)
Y nunca demasiado pronto ni demasiado tarde: "Lopes!, a dormir!". No discute, sabe que es la hora y que alguien abrirá la ventana, como siempre, al día siguiente para cerrar el ciclo.

